“Querida hija del mar”

Querida hija del mar. Ni la espuma venusina podrá crear a una mujer tan hecha perfección. Temí tus tormentas, añoré tus rayos. Incluso intenté suplir tus ausencia con la presencia del mío amigo. Ay cuitada de mí. Querida hija del mar. Sigo esperando las olas de tu furia romper contra las rocas. Solo me has dejado un mar en calma sin atisbo de oleaje. Me duele tu silencio rielando sobre el agua.

Debimos despedirnos.

Debimos perdonarnos.

Vía Pixabay

Texto: Alba Belba R.F. / Microficción homenaje a Rosalía de Castro.

Plaga de medusas en el velatorio.

Microcuento en honor a María Luisa Bombal.

En el tanatorio tenían que esquivar las medusas que flotaban por el ambiente, nadie quería una urticaria más fuerte que ver a quien no se quería ver.

— ¡Vaya plaga! – se quejó Don Tomas, embutido en su traje.

Doña Carmen y Doña Elisa, enfundadas en sus mejores galas, asintieron con la cabeza. No paraban de murmurar por lo bajo y ya habían revisado todas las flores. ¡Qué mal gusto! Esas de Don Quique cantaban desafinando, de verdad, qué poca vergüenza comprarlas rebajadas, luego pasa lo que pasa. En la otra esquina estaba la Tía Urraca, que graznaba y giraba la cabeza 360 grados intentado no perderse nada a su alrededor, compensando su sordera.

Don Tomás se sentó al lado de Don Jacinto y su nube sobre la cabeza, la tormenta le estaba dejando calado.

— ¡Siempre se van los mejores!

El trajeado se sentó esquivando el charco y las ropas mojadas de su compañero. Asintió con gravedad.

— ¿La señorita Pepi, que en paz descanse, y usted eran amantes, no es así?

La tormenta se hizo más intensa y Don Jacinto soltó las lágrimas. Se intentaba secar la llorera con un pañuelo igual o más mojado.

— Yo la quería mucho. Incluso convencí a la luna para que le cantara una serenata. Me dejé una fortuna en los pájaros de luces. ¡Todo por ella! ¡Siempre se van los mejores!

Todos asentían compungidos, intentando evitar las molestas medusas que pululaban. Algún llanto perdido, alguna congoja más o menos fingida. Al final, la señorita Pepi se levantó de su ataud e increpó:

— ¿Pero es qué no tenéis nada mejor que decirme?

“Calendario completo”

Microcuento inspirado en Emilia Pardo Bazán.

— ¿Nos veremos el martes, querida?

— ¡Uy, no es posible! He quedado para recitar poesía.

La mujer frunció el ceño mientras su comadre se ajustaba el vestido y arreglaba el cabello ante el espejo.

— ¿Entonces el miércoles? No podrás faltar a las pastas con la condesa, viene de visita muy de vez en cuando y he puesto todo patas arriba para recibirla como Dios manda. No soy tan digna anfitriona como lo fue mi madre, que en gloria esté, pero…

— ¿El miércoles? Tengo una reunión con los literatos, ya sabes.

— El fin de semana es la comida en la casa de campo. A eso no me podrás decir, querida, que no puedes ir.

Dejó el espejo y miró a su compañera. Las mejillas sonrojadas por la tarea de acicalamiento. Suspiró.

— Es cuando parto para Francia. No puedo negarme a visitar París una vez más.

La otra damisela resopló consternada.

— Si así lo deseas…

— Sí. Ahora vayámonos, antes de que los hombres empiecen a discutir sin nosotras y se olviden de que tenemos cerebro.

Alba Belba R.F.

“Automatonofobia”: parte II

La sala principal era mucho peor. Olor a madera. Tronos, vasijas, lanzas. Otros objetos que no tenía ni idea de para qué servían, pero que podía imaginar otros mil usos. Máscaras, muchas máscaras, que representaban rostros de todo menos humanos. Rojo y ámbar decorándolo todo. Maniquíes portando esas máscaras y otros atuendos. Telas de colores geométricos, muchos colores, rellenando cada milímetro de la tela. ¿He dicho ya máscaras? ¿Por qué usaban esos maniquíes?

-Ven, este trono es una joya. Tienes que verlo.

A estas alturas de la exposición tenía la respiración agitada, el vello erizado y los cinco sentidos alerta. Los cinco. Sin embargo, no sabía decir qué pasaba, cuál era la causa de tanta inquietud.

Te seguí intentando sonreír con naturalidad.

-Aquí estoy.

-El trono lo tallan, naturalmente, a mano y solo los mejores artesanos pueden alcanzar este honor. El caso es que este trono en particular…

Palabras.

Pum. Un vuelco al corazón. Saltó la reproducción automática de un vídeo explicativo. ¿Explicativo de qué? Danzas, costumbres, ceremonias religiosas, uf, cualquier cosa. Ya no lo recuerdo. En mi cabeza hacía un buen rato que ya estaban reproduciéndose unas cuantas canciones tradicionales africanas, de esas que hacen que todo el mundo se vuelva loco a bailar, o no. O lo que creía como tal.

-¿Te has fijado en este detalle?

¿Cómo podía estar todo tan oscuro? ¿Dónde quedaba la ilustración del conocimiento? La música del vídeo se juntaba con la de mi cabeza. Empezaba a notar una quemazón en la sien con tanto alboroto.

Pum. Un vuelco al corazón.

Juro que se había movido.

Juro que se había movido. El maniquí de la pared izquierda. Con la máscara grotesca, la lanza y esa especie de red. ¿Eso era una red de caza o qué coño era? Juro que ese maniquí negro, plano, asexuado se había movido. Un irracional ataque de racionalidad me dijo con voz tranquilizadora: todo está en tu cabeza, así que cierra los ojos, respira y sigue adelante. Cerré los ojos. Manual de autoayuda activado.

Poco me quedaba del resto de los sentidos. Sentí como una mano fría y de plástico me agarraba la muñeca. Mano fría y de plástico, justo como la de un maniquí. Abrí los ojos de súbito. El corazón casi se me para de golpe. No podía ver su rostro, tras esa grotesca máscara africana de a saberse qué tribu, pero sí ver cómo la otra mano me saludaba. Me estaba saludando. Macabro. Me zafé horrorizado. Hiperventilando. Los oídos se me embotaron y la visión se me empezó a emborronar.

-¿Me estás escuchando?

-Sí, claro… -a penas había musitado esas palabras.

Ella no se había inmutado. ¿Cómo diablos no podía haberse inmutado? Parpadeé. El maniquí parecía que nunca se había movido ni un solo milímetro. ¡Un milímetro es muy poco! Ella parecía no darse cuenta de nada. ¡No era posible! Avancé cual autómata, siguiéndola, fingiendo prestar atención. Era demasiado evidente como todos y cada uno de los rostros escondidos tras las máscaras murmuraban y se movían con agilidad. No podía sentir otra cosa que la angustia ante esos seres. Esos dichosos maniquíes. Solo eso, angustia y sensación de peligro. Algo no iba bien, la cosa evidente. Olor a madera.

Olor a madera.

-Oye, ¿te encuentras bien?

Quise contestar pero fui incapaz. No podía decir nada. Absolutamente nada. Ni mi nombre al más puro estilo castellano. Ella bufó y dio un par de pasos más hacia una fotografía muy descriptiva. O así debía de ser. En otro momento me hubiera preocupado de mantener las formas pero fui incapaz, irremediablemente e hiriendo mucho mi orgullo. Mirando la fotografía, ¿qué clase de fotografía era esa, sonreían o atacaban, esas personas retratadas?, ella no veía nada. Sentido de la vista, perdido. O yo qué se cuál. Ella no veía nada. No vio nada. Nada.

Pum. Vuelco al corazón.

Las máscaras africanas comenzaron a agitarse y marchar a un ritmo de tambores… tambores que efectivamente sonaban desde la esquina sin que nadie los tocara. ¿Cómo no había reparado que había un montón de tambores en esa esquina? Sus rostros grotescos, velados, danzaban y se movían. Hacia mí. Esas putas máscaras de dimensiones desproporcionadas. Hacia mí. Malditas máscaras. Unos pasos más.

Estaba paralizado. Olor a madera, frío, oscuridad, sabor a polvo y una visión espantosa. ¿Seguía respirando? Música de tambores. Hacia mí. El ritmo se aceleraba. Hacia mí. Hacia mí. Hacia mí. ¡HACIA MÍ! En un suspiro ya me habían rodeado. ¿Seguía respirando? Las manos frías y de plástico me agarraron. Como las de un maniquí. Las máscaras de semidioses y semidemonios me rodeaban. Máscaras y maniquíes. Me agarraban. Con fuerza, mucha fuerza. Me agarraban. Me estaban agarrando. Manos, pies, muñecas, tobillos.

Grité.

La velocidad del sonido es de…

FIN

© Alba Belba Rivera Flechoso

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“Automatonofobia” : parte I

Si viviésemos solo con los ojos, sería muy fácil. Podríamos cerrar los ojos y el mundo se apagaría. Cohete al resorte vacacional de sus sueños. ¿No oyes ya la canción del anuncio de toda tu infancia? Pero por desgracia no es así. Tenemos los cinco (¡cinco!) sentidos para absorber el mundo. O que el mundo nos absorba a nosotros.

Absorber, abducir, aprehender. Desaparecer de la nada por la voracidad del cuerpo o conocimiento de otro. ¿Qué otro?

Aquella semana de octubre, exactamente esa, me pediste que te acompañara a esa exposición. Te había conocido a penas un mes antes en la fiesta de tu compañero de piso. Joder, y yo pensando que me iba aburrir. Me quedé coladito por ti. Eh ahí el comienzo de un perrito faldero, siempre detrás de ti. No podía quitarte los ojos de encima y, que conste, tampoco quería. Menuda preciosidad.

Ya no recuerdo con qué pretexto aquella muestra te era útil para tu investigación. Tu palabrerío de tu proyecto de investigación de ese máster que nunca recordaría el nombre. Tal vez tu carrera… Umm, no. Algo exótico, de listos. Pero te escuchaba embobado como si entendiera todo lo que me contabas. Esperando que no te dieras cuenta de que no entendía ni papa, mientras me contabas un montón de cosas entusiasmada. En definitiva, la exposición era un desglose etnográfico por las culturas africanas de… (inserte aquí el nombre y recuerde que no se admiten caracteres especiales). África. Ese nombre sonaba muy grande. Si tuviese una banda sonara sería la de Jumanji (la original, no se admiten remakes, como en la vida y no, no se admite discusión a eso). Sonaba la música que tantas veces había escuchado en las películas, sentía el calor, olía la tierra salvaje (¿cómo huele África?). Tal vez fuera divertido y todo.

El enclave geográfico era un palacio que nada tenía de inspirador respecto a la muestra que contenía. Gris, señorial, arquitectónicamente estiloso. Ese tipo de edificios antiguos que no saben qué hacer con ellos y los adhieren para funciones públicas, en este caso, la universidad. Joder, había pasado mil veces por esa plaza y era la primera vez que me fijaba en ese palacio. Tenía un patio que te acogía entre arcos repetitivos. Esos arcos, en dos pisos, rodeaban ese patio que giraba concéntricamente en torno a un pozo de lluvia. Allí, el silencio era casi total. No podía apreciar bocinas ni jolgorio externo. Nada. Todo ruido exterior quedaba ahogado. Inocentemente, el edificio te absorbía. La luz se reflejaba en el gris de los bloques de piedra, recorriendo las curvas y esquinas, todos y cada uno de los recovecos, cobrando una virtualidad imponente. Debí haber salido corriendo en ese momento.

Pasamos por un arco y de la claridad a la oscuridad. Una pequeña puerta de madera daba entrada a la sala, junto a un tampoco muy grande estandarte que anunciaba el comienzo de la exhibición. Tuve que agacharme para entrar, dado el tamaño de la puerta. Algo se removió en mí, ¿me adentraba en una madriguera? Tan oscuro,… El negro realzaba las obras de arte, junto con una buena iluminación de la obra, dijo la mujer de la entrada, tras preguntarnos el código postal. Dos números más a la lista de visitantes.

Avanzamos poco a poco con las luces que enfocaban las sombras del conocimiento-desconocimiento de otras culturas. Empezaste a soltar una retahíla de datos sobre población, estilos de vida, ¿perdón, qué has dicho? Eso es… ¿antropología? ¿La antropología estudia eso?

Para entonces ya me sentía mal.

Pasamos a la sala principal. En ella no había mucha más luz. Igualmente, negro y focos sobre los puntos a destacar. Para entonces ya quería gritar. Gritar. La velocidad del sonido es de…

343 metros por segundo. Siempre y cuando sea a una altura al nivel del mar, una humedad media y una temperatura en torno a los veinte grados centígrados. Para ser más exactos. Cosa que cambia en sólidos, líquidos y gases. Por no hablar del espacio… (en el espacio el sonido no se propaga… din din din, ¿oyes la melodía?). Pero todo esto lo sé por Wikipedia. Fuente nada fiable. Pero que todos seguimos usando como fiel fuente irrefutable a la que acudir en cualquier discusión.

La sala principal era mucho peor. Olor a madera. Tronos, vasijas, lanzas. Otros objetos que no tenía ni idea de para qué servían, pero que podía imaginar otros mil usos. Máscaras, muchas máscaras, que representaban rostros de todo menos humanos. Rojo y ámbar decorándolo todo. Maniquíes portando esas máscaras y otros atuendos. Telas de colores geométricos, muchos colores, rellenando cada milímetro de la tela. ¿He dicho ya máscaras? ¿Por qué usaban esos maniquíes?

-Ven, este trono es una joya. Tienes que verlo.

Continuará…

© Alba Belba Rivera Flechoso

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Microcuento para Mary Shelley

El galán entró en la sala dando un portazo dramático. No dejando de ser un caballero por ello, se quitó el sombrero y espetó con dureza a la dama sentada en el sofá:

— ¡Mary! ¡Debes parar con esto!

Ella dejó la tacita de té sobre la mesilla. Se alisó el vestido hasta dejar caer las manos por el satén del sofá.

— Buenos días. Querido, no le tenía a usted por alguien que se deja llevar por sus impulsos y rumores.

— ¡Pero, Mary!

— ¿Se considera usted científico?

— Sí, pero…

— ¡No hay más que hablar! No voy a discutir más sobre habladurías para asustar a ancianas.

El caballero resopló y se fue airado, cerrando la puerta nuevamente con vehemencia. Mary suspiró y se levantó con calma. Se dirigió a la alacena, cubierta de cerámicas y cristales alcohólicos. Pasó los dedos por la madera lacrada hasta llegar al pomo del armario contiguo. Abrió. Allí estaba el monstruo, cenizo, compuesto y descompuesto entre costuras y encogido en una rigidez antinatural. Al gesto de la mujer, salió de su escondite. Ella lo abrazó.

— No te preocupes, Víctor. No voy a dejar de quererte nunca.

© Por Alba Belba R.F.

“El palacio de las lágrimas”

Las tormentas nunca dejaban de ensombrecer el palacio de las tres torres. Los vidrios no brillaban la luz. Hacía tiempo que los ruidos fantasmales orquestaban sus noches. Se decía que una bruja conjuraba nigromantes y almas perdidas. Ningún humano se atrevía a acercarse.

El vampiro sorteó las tempestades y llegó al salón donde la bruja lloraba, encogida en un sillón. Se acercó y cara a cara le preguntó:

— ¿Por qué lloras?

— Todos me tienen miedo. ¿Tú no?

— Yo soy agente de la muerte y no temo nada.

— Bien, es la hora de realizar el conjuro.

“Marlene”

Conocí a Marlene en una metrópolis, pero no cualquiera. Ella era espléndida, a pesar de ser un reflejo de si. Trabajaba en una torre de Babel como traductora. Fui tan idealmente romántico que nunca me atreví a pedirle salir. La despedí en el tren de camino a Düsseldorf.

— ¡Marlene, espera!

Pero mis gritos se perdieron con el bullicio de la locomotora arrancando. Nunca hubo muros más altos.

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Babylon System Movie – Michael Weber via Wikimedia

© Texto: Alba Rivera Flechoso

Postales y otras modas vintage

¿Alguien es tan nostálgico como yo que le gustan las cosas escritas y los correos sorpresas? Cada vez que viajo o visito algún museo me gusta recolectar las postales del lugar. Tienen cierto encanto para mí.

Me he decidido a crear mis propias postales con los microcuentos que he ido asociando. Esto se puede ver en mi cuenta de instagram (@alba_belba). De hecho lo anuncié aquí. ¿Te gustaría mandar una postal pero nunca sabes qué escribir en ella? Tú también puedes tener tus postales con mis textos y mis fotos. Solo tienes que contactarme para ver cuál te gusta más. El envío es directo a la dirección que tú elijas, así de fácil. El precio es de 2,99 euros (la impresión siempre sube) pero te puedo asegurar que son postales muy originales y un buen regalo. ¿A quién no le gusta sorprender con un pequeño detalle?

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También barajo la idea de mandar la postal al correo electrónico de quién tú me digas, a un precio más reducido. Si te interesa, no dudes en contactarme.

Sigamos viajando y escribiendo a quien amamos.

“Agua para el verano”

Después de haber planeado semanas nuestras vacaciones, llegamos a la playa. Con un paraguas. Estaba lloviendo y torrencialmente. Nos sentíamos más grises que el propio tiempo. Con ese paraguas, sudadera y bañador debajo, nos sentamos en un banco cara al mar. Las olas traían aire fresco.

-¿No queríamos mar?

-¡Sí, estamos perdiendo el tiempo!

Corrimos por la arena, desnudándonos. Nos mojamos la cabeza con la lluvia y los pies con las olas.

 

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Diseño de CombaStudio

 

Este proyecto de postales se realizó el verano pasado, gracias a Comba Studio (https://combastudio.com/).