“Automatonofobia”: parte II

La sala principal era mucho peor. Olor a madera. Tronos, vasijas, lanzas. Otros objetos que no tenía ni idea de para qué servían, pero que podía imaginar otros mil usos. Máscaras, muchas máscaras, que representaban rostros de todo menos humanos. Rojo y ámbar decorándolo todo. Maniquíes portando esas máscaras y otros atuendos. Telas de colores geométricos, muchos colores, rellenando cada milímetro de la tela. ¿He dicho ya máscaras? ¿Por qué usaban esos maniquíes?

-Ven, este trono es una joya. Tienes que verlo.

A estas alturas de la exposición tenía la respiración agitada, el vello erizado y los cinco sentidos alerta. Los cinco. Sin embargo, no sabía decir qué pasaba, cuál era la causa de tanta inquietud.

Te seguí intentando sonreír con naturalidad.

-Aquí estoy.

-El trono lo tallan, naturalmente, a mano y solo los mejores artesanos pueden alcanzar este honor. El caso es que este trono en particular…

Palabras.

Pum. Un vuelco al corazón. Saltó la reproducción automática de un vídeo explicativo. ¿Explicativo de qué? Danzas, costumbres, ceremonias religiosas, uf, cualquier cosa. Ya no lo recuerdo. En mi cabeza hacía un buen rato que ya estaban reproduciéndose unas cuantas canciones tradicionales africanas, de esas que hacen que todo el mundo se vuelva loco a bailar, o no. O lo que creía como tal.

-¿Te has fijado en este detalle?

¿Cómo podía estar todo tan oscuro? ¿Dónde quedaba la ilustración del conocimiento? La música del vídeo se juntaba con la de mi cabeza. Empezaba a notar una quemazón en la sien con tanto alboroto.

Pum. Un vuelco al corazón.

Juro que se había movido.

Juro que se había movido. El maniquí de la pared izquierda. Con la máscara grotesca, la lanza y esa especie de red. ¿Eso era una red de caza o qué coño era? Juro que ese maniquí negro, plano, asexuado se había movido. Un irracional ataque de racionalidad me dijo con voz tranquilizadora: todo está en tu cabeza, así que cierra los ojos, respira y sigue adelante. Cerré los ojos. Manual de autoayuda activado.

Poco me quedaba del resto de los sentidos. Sentí como una mano fría y de plástico me agarraba la muñeca. Mano fría y de plástico, justo como la de un maniquí. Abrí los ojos de súbito. El corazón casi se me para de golpe. No podía ver su rostro, tras esa grotesca máscara africana de a saberse qué tribu, pero sí ver cómo la otra mano me saludaba. Me estaba saludando. Macabro. Me zafé horrorizado. Hiperventilando. Los oídos se me embotaron y la visión se me empezó a emborronar.

-¿Me estás escuchando?

-Sí, claro… -a penas había musitado esas palabras.

Ella no se había inmutado. ¿Cómo diablos no podía haberse inmutado? Parpadeé. El maniquí parecía que nunca se había movido ni un solo milímetro. ¡Un milímetro es muy poco! Ella parecía no darse cuenta de nada. ¡No era posible! Avancé cual autómata, siguiéndola, fingiendo prestar atención. Era demasiado evidente como todos y cada uno de los rostros escondidos tras las máscaras murmuraban y se movían con agilidad. No podía sentir otra cosa que la angustia ante esos seres. Esos dichosos maniquíes. Solo eso, angustia y sensación de peligro. Algo no iba bien, la cosa evidente. Olor a madera.

Olor a madera.

-Oye, ¿te encuentras bien?

Quise contestar pero fui incapaz. No podía decir nada. Absolutamente nada. Ni mi nombre al más puro estilo castellano. Ella bufó y dio un par de pasos más hacia una fotografía muy descriptiva. O así debía de ser. En otro momento me hubiera preocupado de mantener las formas pero fui incapaz, irremediablemente e hiriendo mucho mi orgullo. Mirando la fotografía, ¿qué clase de fotografía era esa, sonreían o atacaban, esas personas retratadas?, ella no veía nada. Sentido de la vista, perdido. O yo qué se cuál. Ella no veía nada. No vio nada. Nada.

Pum. Vuelco al corazón.

Las máscaras africanas comenzaron a agitarse y marchar a un ritmo de tambores… tambores que efectivamente sonaban desde la esquina sin que nadie los tocara. ¿Cómo no había reparado que había un montón de tambores en esa esquina? Sus rostros grotescos, velados, danzaban y se movían. Hacia mí. Esas putas máscaras de dimensiones desproporcionadas. Hacia mí. Malditas máscaras. Unos pasos más.

Estaba paralizado. Olor a madera, frío, oscuridad, sabor a polvo y una visión espantosa. ¿Seguía respirando? Música de tambores. Hacia mí. El ritmo se aceleraba. Hacia mí. Hacia mí. Hacia mí. ¡HACIA MÍ! En un suspiro ya me habían rodeado. ¿Seguía respirando? Las manos frías y de plástico me agarraron. Como las de un maniquí. Las máscaras de semidioses y semidemonios me rodeaban. Máscaras y maniquíes. Me agarraban. Con fuerza, mucha fuerza. Me agarraban. Me estaban agarrando. Manos, pies, muñecas, tobillos.

Grité.

La velocidad del sonido es de…

FIN

© Alba Belba Rivera Flechoso

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