Microcuento para Mary Shelley

El galán entró en la sala dando un portazo dramático. No dejando de ser un caballero por ello, se quitó el sombrero y espetó con dureza a la dama sentada en el sofá:

— ¡Mary! ¡Debes parar con esto!

Ella dejó la tacita de té sobre la mesilla. Se alisó el vestido hasta dejar caer las manos por el satén del sofá.

— Buenos días. Querido, no le tenía a usted por alguien que se deja llevar por sus impulsos y rumores.

— ¡Pero, Mary!

— ¿Se considera usted científico?

— Sí, pero…

— ¡No hay más que hablar! No voy a discutir más sobre habladurías para asustar a ancianas.

El caballero resopló y se fue airado, cerrando la puerta nuevamente con vehemencia. Mary suspiró y se levantó con calma. Se dirigió a la alacena, cubierta de cerámicas y cristales alcohólicos. Pasó los dedos por la madera lacrada hasta llegar al pomo del armario contiguo. Abrió. Allí estaba el monstruo, cenizo, compuesto y descompuesto entre costuras y encogido en una rigidez antinatural. Al gesto de la mujer, salió de su escondite. Ella lo abrazó.

— No te preocupes, Víctor. No voy a dejar de quererte nunca.

© Por Alba Belba R.F.

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